Alto, de pelo castaño, ancho de espalda,
grande, con barriga y voz fuerte, cerrada.
Esta es la descripción que hace María,
la que nos hace María, para prevenirnos
de posibles futuros ataques, para defendernos
del acosador, de su presunta inocencia, de su
libertad inviolable.
Yo, María, desde aquí, te quiero
tender la mano y la confianza, la discreción
y la confidencia. En tu activada sensación
de alerta, te quiero ofrecer tranquilidad y
paz. Aunque sé que tú sola podrás
volver a tu calma, como tú sola bien
te supiste defender y volver a tu agresor a
increparle con toda tu rabia y coraje.
Dices en las entrevistas que quizás lo
haya hecho otras veces. Eso me preocupa también
mucho, porque significa que lo puede volver
a hacer. O en tu barrio o en el mío;
o en el de mi sobrina, en el de mi novia, en
el de mi amiga, en el de mi hermana.
Me extraña ciertos detalles del móvil
y la forma de todo el hecho, pero no soy un
experto y no tengo toda la información.
Solamente me quedo con el ataque de nervios
y la psicosis posterior. Es la violencia, la
fuerza, la fiereza, la imposibilidad de defenderse.
Admiro tu fuerza y tu valentía. Por eso
me gustaría que olvidaras cuanto antes
lo que te ha ocurrido. No creo que te merezcas
que te haga daño eso, el intento. Me
alegra que salgas y des la cara por ti y por
otras.
No quiero hablar más, porque mi intención
no es ni hacer moralina ni regodearme en un
mal ajeno, en una pesadilla. Te digo que lo
que te intentaron hacer, me duele a mí
también; como si lo hubieran hecho a
alguien mío. Por eso te digo ánimo
y que te recuperes cuanto antes. La justicia
ya hará el resto.