Salíamos el sábado 20 de marzo
al mediodía de Badajoz, dispuestos a
cumplir nuestro compromiso de estar ahí,
de mantener viva la lucha contra la guerra.
El Foro Mundial de Mumbay propuso que ese día
todas las capitales de mundo estuvieran en pie
de paz, pidiendo, una vez más, lo que
parece tan obvio. El día mundial contra
guerra había comenzado y nosotros teníamos
nuestra particular cita con la historia.
En Badajoz algunos colectivos habíamos
intentado mover una manifestación que
al final no pudimos convocar, dada la dejadez
de la mayoría de colectivos que componen
la Plataforma contra la Guerra de Badajoz, y
tuvimos que irnos a Madrid entre preguntas de
compañeros de por qué no había
habido tal evento en nuestra ciudad.
En Mérida recogimos a otra compañera
mientras nos uníamos a los más
de 50 manifestantes que entre las notas del
maravilloso Imagine de John Lennon estrellaban
su rabia contra el panel de expresión
que acabó decorado con magníficos
alegatos a favor de la paz. Allí recogimos
ánimos de todos para llegar a Madrid
con más ganas que nunca de hacer ver
a los poderosos de este mundo que los ciudadanos
tenemos otra forma de ver y hacer las cosas,
y que nosotros sí tenemos el valor de
construir un mundo sin guerras y sin ejércitos.
No era el Madrid que todos conocíamos.
Nada más llegar a Atocha el calor de
las velas desplegadas en una espectacular alfombra
nos recordaba que no estábamos todos,
faltaban 200. Los atentados del pasado 11 de
marzo han dejado un hueco en la capital de España
que el paso de los años dudo sea capaz
de cerrar. La tristeza de saber que no volverán
por un lado. Por otro la amargura de saber que
han muerto como consecuencia de una guerra contra
la que muchos de los que no volverán
clamaron el pasado año en esas mismas
calles. Nosotros sabíamos entonces que
la violencia engendra violencia, que no hay
caminos para la paz, que la paz es el camino.
Te viene a la cabeza la pregunta: ¿no
son conscientes de lo que pasa en el mundo o
es que no quieren solucionar el problema?
A medida que nos acercábamos a Neptuno,
donde daba comienzo la multitudinaria manifestación,
las calles iban llenándose de gente,
de pancartas, de furgonetas con altavoces, de
banderas. Me recordaba a aquella canción
de Víctor Jara: “Aquí hermano,
aquí sobre la tierra, el alma se nos
llena de banderas”, que hacía referencia
a un compañero asesinado y a la lucha
que le causó la muerte, allá en
Chile, tantos años atrás. Nosotros
estábamos en las calles pidiendo solamente
eso. No más muertes.
La diversidad de partidos, sindicatos, colectivos,
plataformas, redes y personas nos hacía
soñar con que Otro mundo es posible.
Estábamos todos, o casi todos, y desde
esa pluralidad confluíamos a un mismo
fin: No a la guerra. Unificación y diversidad
no van reñidos. En este mundo tan confuso
donde cada uno ve la vida desde su ventana,
hemos de ser capaces de aportar cada uno nuestras
discrepancias y ser capaces de dialogar, de
unir voces en lo que nos une, y ser capaces
de hacer que lo que separa nuestras opiniones
no separe nuestros corazones. En contra de la
propuesta del pensamiento único, yo,
y tantos conmigo, proponemos en pensamiento
crítico.
La noche se cerraba y llegaban datos de las
multitudinarias cifras que se barajaban de las
otras manifestaciones llevadas a cabo en Roma,
Sidney, Londres,… Y a medida que la Plaza
del Sol era tomada por el pueblo, éramos
cada vez más conscientes de que habíamos
cumplido en nuestra cita con la historia, de
que el futuro necesita de la gente para contruirlo.
Ese día el mundo entero se echó
a la calle. Todos sabíamos que ese otro
mundo era posible. En definitiva, todos siempre
lo hemos sabido. Hoy hay 200 que no lo podrán
disfrutar. Pero casi más pena dan esos
otros tantos que tienen en su mano hacerlo realidad
y por no sé que causa, no quieren. Señores
poderosos del mundo de la política y
del capital: Hágannos caso. Otro mundo
es posible, y necesario.
Miguel Blanco Otano
Badajoz
Domingo, 21 de marzo de 2004