El
Carnaval es una curiosa celebración que permite
al pueblo determinados excesos morales y ruptura de
normas antes de la Cuaresma cristiana. Sus remotas antecesoras
como fiestas populares serán las ”bacanales”
(en honor de Baco, el dios pagano del vino) y las “saturnalias”
(por Saturno, dios de la siembra y la cosecha), amén
de otras festividades griegas y romanas relacionadas
con la primavera y el año nuevo. El origen de
la fiesta es pagano pero los pueblos cristianizados
fueron asumiendo buena parte de esos ritos, costumbres
y tradiciones donde la loca alegría y la extraordinaria
algazara despuntaban, al menos, una vez al año.
Tales eran los excesos que provocaban fiestas de este
tipo, enmascaradas y realmente fuera de sí que
serán varios los Papas y Concilios que dicten
Bulas y Decretos condenándolas y prohibiéndolas
aunque sin demasiado éxito. En la Edad Media,
las fiestas de disfraz serán consideradas por
la Iglesia como contrarias al espíritu cristiano
entre otras cosas porque, el Carnaval, se convertirá
en la antítesis a la vida austera, espiritual
y de recogimiento. El Carnaval significará dispendio
en la moral, excesos en la carne, brutalidad en las
formas y diversión a raudales mientras que la
religión exige todo lo contrario, es decir, la
Cuaresma, por lo que las celebraciones serán
previas al inicio de esta etapa donde fiesta tan mundana,
que ya habrá tenido su oportunidad, deberá
ser desterrada de la comunidad.
Hablar de Carnaval es, también, hablar de
prohibiciones. Se prohíbe oficialmente el carnaval
en 1513, reinando Juana la Loca y Felipe el Hermoso,
manteniéndose dicho espíritu con Carlos
I. En Madrid, se prohíbe en 1586 (reinando
Felipe II) arrojar huevos de azar, echar mazas y hacer
otro tipo de burlas carnavalescas, prohibiciones que
se van repitiendo durante el reinado de Felipe III
(1599, 1606, 1607, 1608, 1612, 1613), con Felipe IV,
que en algunas ocasiones los autorizaba, también
se condenaron (1624, 1626, 1629, 1644, 1646, 1651),
igual que con Carlos II (1673 y 1699). Hasta cuarenta
leyes de estas características prohibitivas
se firman entre 1721 y 1773 (reinados de Felipe V
–que incluso llegó a prohibir su celebración
en privado-, Luís I, Fernando VI, y Carlos
III que, en ocasiones, también los permitió).
Los dos tomos que reúnen la Colección
de Reales Cédulas del Archivo Histórico
Nacional recogen hasta 30 bandos, avisos y edictos,
correspondientes a los siglos XVIII y XIX, que regulan
los carnavales, las máscaras y el disfraz.
Durante cuatro siglos, en España prácticamente
se prohíbe todo lo que tenga que ver con el
carnaval o las máscaras, salvo períodos
de licencias.
La historia del Carnaval de Badajoz no es extensa
en el tiempo pero sí rica en matices. Aparecen
referencias a la fiesta en Badajoz en el siglo XVIII.
Libro de Noticias de Don Leonardo Hernández
Tolosa (1769), monumental obra guardad en el Archivo
de la Catedral y recuperada, en una atractiva y hermosa
edición, por Carmelo Solís en 1992.
El antropólogo Javier Marcos Arévalo
publica en 1998 Carnavales en la ciudad de Badajoz
(sobre bailes de máscaras en 1825), un valioso
libro donde se recogen varios documentos que nos ilustran
sobre las dificultades de una fiesta para superar
prohibiciones, excesos y críticas por parte
de las autoridades. No obstante, la historia se renueva
y en el último cuarto del siglo XIX se asientan
las bases de lo que será esta fiesta en los
primeros años del siglo XX y hasta el comienzo
de la Guerra Civil y la prohibición sin paliativos
de 1937: bailes de salón, ambiente callejero,
disfraz, bromas,… el Carnaval reflejará
lo que ocurre en la sociedad: diferencia de clases
sociales y cada clase sabrá con que tipo de
carnaval deberá divertirse y, en el caso de
ir, en qué salón social podrá
bailar en su ambiente: el Casino, el Liceo de Artesanos,
el Centro Obrero, más tarde el Teatro López
de Ayala. También, en esa época, son
conocidas las comparsas, murgas, gitanas o estudiantinas
que tomaban las calles de forma, a veces, incontrolada
con sus estridentes canciones y bromas. Las Ordenanzas
Municipales de 1892 tendrán que ser muy duras
con expresiones de alegría que atentaban, como
poco, contra la decencia, la urbanidad, la convivencia
y los usos sociales. Mientras el carnaval de salón,
del que tan espléndidamente darán cuenta
las crónicas periodísticas, especialmente
en los primeros lustros del siglo XX, transcurre entre
ingenios enamoramientos y picardías tras las
máscaras, el otro carnaval, el de la calle,
desembocará en situaciones profusamente descritas
por Manuel Alfaro Pereira en su Badajoz. Estampas
Retrospectivas con adjetivos que, por el grosor de
los mismos, uno no alcanza imaginar cómo debieron
ser aquellas celebraciones. Entre 1925 y 1935, Badajoz
era una ciudad carnavalera y las calles Santo Domingo,
Vasco Núñez y Penacho, junto con la
Plaza de España y San Francisco, eran lugares
de reunión para una fiesta en auge que también
llegaba a la Plaza de Toros, si lo permitía
el tiempo, o al Gimnasio de la calle San Sisenando,
además de las sociedades indicadas anteriormente,
todas a pleno rendimiento para rendir culto a Terpsícore.
El 3 de febrero de 1937, Franco prohíbe el
Carnaval y, en Badajoz, al menos públicamente,
no se volverá a celebrar hasta 1981, cuando
un grupo de ciudadanos más o menos anónimos
decide recuperar una fiesta tan propia, tan relacionada
con la forma de ser de los badajocenses: abiertos,
participativos, alegres, entusiastas. El intento de
golpe de Estado del 23F sólo consiguió
retrasar las fechas pero no apagar los ánimos
por retomar una tradición que tanto había
arraigado en Badajoz. Desde 1981 hasta hoy, murgas,
coros, comparsas, muchas han sido los que han ido
haciendo grande el Carnaval de Badajoz. Las instituciones,
desde el primer momento, apoyaron la idea y los diferentes
pregoneros (los escritores Juan José Poblador,
Manuel Martínez Mediero y Manuel Pacheco, los
humoristas Gomaespuma, Tip y Coll, Mari Carmen y sus
muñecos y Mariano Mariano, el actor Juan Luís
Galiardo, los periodistas Carlos Herrera, Martín
Benítez, José Carlos Duque, Ángel
Luís López o Teresiano Rodríguez
Núñez, los locutores de radio Julián
Mojedano y Manuel Pérez, los cantantes Carlos
Cano, Miguel Bosé o Tam Tam Go, el televisivo
Antonio Hidalgo o el torero Antonio Ferrera) le han
dado lustre y proyección. El Carnaval de Badajoz
en la actualidad no tiene nada que ver con el Carnaval
de antes porque hoy es la calle quien manda y el disfraz
quien le acompaña. Hay bromas, mucha diversión,
ironía a raudales en las canciones, cinco días
sin descanso, es otra cosa, diferente, muy diferente,
al de antaño, pero sigue siendo Carnaval, la
fiesta de Badajoz.
Juan Manuel Cardoso