sábado, 04 de febrero de 2012 ESPECIAL V MUESTRA GASTRONÓMICA MIAJÓN 2010   

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Saluda el Alcalde

Badajoz y la Semana Santa: los pasos, las calles, el pueblo y el silencio

Cuarenta días después de finalizar los Carnavales, Badajoz ha tenido tiempo suficiente para transformarse y recibir la Semana Santa con el fervor, el cariño y el recogimiento propios de tan tradicionales fechas. Es el momento de túnicas y capirotes, de trompetas y tambores, de manos y sentimientos, de flores y oraciones, de escenas que, en apariencia resultan dolorosas, pero que muestran, además de una iconografía rica y valiosa, una de las historias más hermosas de la historia y que, para los creyentes, suponen un encuentro con la fe y la Deidad. Es el momento de parar y mirar en silencio, de mirar y aguardar en silencio, de aguardar y escuchar en silencio. Es Semana Santa y resuenan los tambores con sobrecogedora intensidad al paso de nazarenos e imágenes frente a miradas silentes. Badajoz se conmueve en Semana Santa, se tranquiliza de tanto desasosiego rutinario y demencial que nos traen los avatares de cada día y vuelve su mirada y su corazón hacia una fiesta que no es fiesta sino celebración, hacia un acontecimiento rico en matices, extraordinariamente sobredimensionado por la actitud de creyentes e incrédulos que ven en las calles, sencillamente, la tradición.

La Semana Santa de Badajoz tiene esa condición de acoger a todos, propios y extraños, vecinos y foráneos, crédulos o agnósticos, de acogerlos en el seno de una tradición que no excluye porque no pide requisitos, una tradición que se representa a través de pasos, imágenes y grupos escultóricos que hablan más que mil sermones y discursos, que libran una batalla en el aire sin más armas que la expresión de un arte vivo y directo. Las cofradías, las iglesias, las parroquias, los fieles, los amantes de la tradición culminan el esfuerzo de días y meses por presentar ante la mirada atónita de la gente unos pasos plenos de religiosidad, pasión y amor, unos pasos frescos e intensos que toman la calle con la humildad precisa, con la luz adecuada, con el mensaje perfecto.

Pasos que se aventuran en la calle haciendo de la calle su hogar efímero y cálido donde la ciudad les recibe con el abrazo hospitalario que la caracteriza, con la amabilidad que es santo y seña de una Badajoz entregada a su Semana Santa. La calle también se transforma, como la ciudad, como los ciudadanos, como el alma y espíritu que mueve a esta ciudad entregada a la pasión de hacer cada estación del año diferente a las demás, de construir en cada fiesta, en cada celebración, en cada tradición un acontecimiento producto del digno esfuerzo colectivo. La calle, las calles, reciben a nazarenos y sus cirios, a los pasos cansados y pausados que hablan sin hablar, a los músicos que resuenan casi inaudibles como si de una oración silente se tratara y, sobre todo, al pueblo que aguarda y espera y respeta.

Porque el pueblo vive la Semana Santa de Badajoz con el calor, con el fuego, con la intensidad que merece una fiesta que nace en la historia, en lo más recóndito del alma, allí donde se alojan, igualmente, la fe y la sensibilidad. El pueblo, que no necesita las manos para aplaudir, aplaude con la emoción de sus rostros y alborozado al paso de las procesiones, elevándolas a una categoría solo alcanzable por aquello que es sincero y profundamente humano. El pueblo, la gente, los fieles, los que no los son, los agnósticos, los que con lo son, en fin, hombres y mujeres, pequeños y mayores que toman las calles y asisten a los desfiles procesionales dándole a la celebración la vida que necesita, el aliento que precisa para hacerla más excelsa. Pero, más que todo, ese pueblo que, en silencio, devora con su alma las emociones, sean las que sean, que transmiten los desfiles.

Silencio. La Semana Santa de Badajoz es noche y silencio. En las calles oscuras, en el Casco Antiguo, empinado, en los rincones ocultos a la luna, en el recoveco más inhóspito, allá aparece el paso y el nazareno y el silencio de la gente arropando tan increíble representación del dolor, la muerte y la resurrección.

Así es la Semana Santa de Badajoz: un compendio de acontecimientos del alma que se representan, ante el respetuoso silencio del pueblo, en las calles de una ciudad dispuesta para la celebración. Una celebración a la que contribuyen con su tesón, su capacidad y actitud generosa las cofradías, los nazarenos, los penitentes, los costaleros, los músicos, los religiosos y, cómo no, el amable pueblo de Badajoz que hace de su Semana Santa un episodio único y sobrecogedor.

Miguel A. Celdrán Matute
Alcalde de Badajoz


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