Badajoz
y la Semana Santa: los pasos, las calles, el pueblo
y el silencio
Cuarenta días después de finalizar
los Carnavales, Badajoz ha tenido tiempo suficiente
para transformarse y recibir la Semana Santa con el
fervor, el cariño y el recogimiento propios
de tan tradicionales fechas. Es el momento de túnicas
y capirotes, de trompetas y tambores, de manos y sentimientos,
de flores y oraciones, de escenas que, en apariencia
resultan dolorosas, pero que muestran, además
de una iconografía rica y valiosa, una de las
historias más hermosas de la historia y que,
para los creyentes, suponen un encuentro con la fe
y la Deidad. Es el momento de parar y mirar en silencio,
de mirar y aguardar en silencio, de aguardar y escuchar
en silencio. Es Semana Santa y resuenan los tambores
con sobrecogedora intensidad al paso de nazarenos
e imágenes frente a miradas silentes. Badajoz
se conmueve en Semana Santa, se tranquiliza de tanto
desasosiego rutinario y demencial que nos traen los
avatares de cada día y vuelve su mirada y su
corazón hacia una fiesta que no es fiesta sino
celebración, hacia un acontecimiento rico en
matices, extraordinariamente sobredimensionado por
la actitud de creyentes e incrédulos que ven
en las calles, sencillamente, la tradición.
La Semana Santa de Badajoz tiene esa condición
de acoger a todos, propios y extraños, vecinos
y foráneos, crédulos o agnósticos,
de acogerlos en el seno de una tradición que
no excluye porque no pide requisitos, una tradición
que se representa a través de pasos, imágenes
y grupos escultóricos que hablan más
que mil sermones y discursos, que libran una batalla
en el aire sin más armas que la expresión
de un arte vivo y directo. Las cofradías, las
iglesias, las parroquias, los fieles, los amantes
de la tradición culminan el esfuerzo de días
y meses por presentar ante la mirada atónita
de la gente unos pasos plenos de religiosidad, pasión
y amor, unos pasos frescos e intensos que toman la
calle con la humildad precisa, con la luz adecuada,
con el mensaje perfecto.
Pasos que se aventuran en la calle haciendo de la
calle su hogar efímero y cálido donde
la ciudad les recibe con el abrazo hospitalario que
la caracteriza, con la amabilidad que es santo y seña
de una Badajoz entregada a su Semana Santa. La calle
también se transforma, como la ciudad, como
los ciudadanos, como el alma y espíritu que
mueve a esta ciudad entregada a la pasión de
hacer cada estación del año diferente
a las demás, de construir en cada fiesta, en
cada celebración, en cada tradición
un acontecimiento producto del digno esfuerzo colectivo.
La calle, las calles, reciben a nazarenos y sus cirios,
a los pasos cansados y pausados que hablan sin hablar,
a los músicos que resuenan casi inaudibles
como si de una oración silente se tratara y,
sobre todo, al pueblo que aguarda y espera y respeta.
Porque el pueblo vive la Semana Santa de Badajoz
con el calor, con el fuego, con la intensidad que
merece una fiesta que nace en la historia, en lo más
recóndito del alma, allí donde se alojan,
igualmente, la fe y la sensibilidad. El pueblo, que
no necesita las manos para aplaudir, aplaude con la
emoción de sus rostros y alborozado al paso
de las procesiones, elevándolas a una categoría
solo alcanzable por aquello que es sincero y profundamente
humano. El pueblo, la gente, los fieles, los que no
los son, los agnósticos, los que con lo son,
en fin, hombres y mujeres, pequeños y mayores
que toman las calles y asisten a los desfiles procesionales
dándole a la celebración la vida que
necesita, el aliento que precisa para hacerla más
excelsa. Pero, más que todo, ese pueblo que,
en silencio, devora con su alma las emociones, sean
las que sean, que transmiten los desfiles.
Silencio. La Semana Santa de Badajoz es noche y silencio.
En las calles oscuras, en el Casco Antiguo, empinado,
en los rincones ocultos a la luna, en el recoveco
más inhóspito, allá aparece el
paso y el nazareno y el silencio de la gente arropando
tan increíble representación del dolor,
la muerte y la resurrección.
Así es la Semana Santa de Badajoz: un compendio
de acontecimientos del alma que se representan, ante
el respetuoso silencio del pueblo, en las calles de
una ciudad dispuesta para la celebración. Una
celebración a la que contribuyen con su tesón,
su capacidad y actitud generosa las cofradías,
los nazarenos, los penitentes, los costaleros, los
músicos, los religiosos y, cómo no,
el amable pueblo de Badajoz que hace de su Semana
Santa un episodio único y sobrecogedor.
Miguel A. Celdrán Matute
Alcalde de Badajoz