Sí,
cariño, perdóname, ahora te contesto,
pero es que me estaba acordando de las acrobacias
en nuestro último viaje al Teatro Romano
de Mérida. Qué morbo tuvo aquello
en medio de Agripina, de Eros, de Júpiter,
y de aquellos lugareños que casi nos echan
a los leones. Todo empezó con Claros de
Luna, para nuestra sorpresa, de una composición
de Beethoven y no de Debussy. Ponlo un poco más
alto; sí, ya, así, gracias. (Se
produce un silencio mientras desnuda, sentada
en un taburete, cierra los ojos para que no le
entre espuma).
Me encanta amasar tu cabellera,
toda tu melena derretida en esta levadura química;
me encanta descubrir tus límites, tu perímetro
óseo, tu frágil y humana cabeza;
me siento como si te desnudara aún más,
cuando recojo tu cola y repaso tu cabeza; es como
si pasara mis dedos sobre una copa de ese tinto,
el único que tomas y que sé que
lo haces para seguirme en las comidas, para no
dejarme solo, por acompañarme. ¿Me
lo notas?, ¿se te produce cosquilleo cuando
froto tu cabello, al cepillar tu pelo, al salir
a la terraza con tu albornoz, con gotas en tus
mejillas y tus pies mojados, y yo, detrás
de la silla lisándote el pelo?.
Sigue la música en el
tono ideal, con ese volumen que parece que es
ininteligible, pero que llega, y llena, como cuando
pones la bañera y se rebosa, pero con esa
gracia, que parece que no te mojas, tan amable
el infinito goteo, tan sugerente el gotear, tan
amante el caudal de esa semejante catarata que
se te derrama sobre los pies.
Y al otro lado, un dormitorio,
con vistas al río, y al primer pueblo portugués
de la frontera. La persiana, a medias, deja pasar
la brisa sobre las ventanas abiertas. Ondean las
cortinas blancas, de marfil, como sinfonía,
van y vienen...se ondean como el vello en tu pubis.
Cuántas canciones habremos inventado, sin
posibilidad de ensayo, para que cuadren los ritmos
con los movimientos del croché. Ya habíamos
cambiado las sábanas, para que no nos pase
lo de siempre. Qué rico tacto; cómo
huelen, como tú dices, es un pecado no
desnudarse con ellas, no acostarse con ellas.
Hasta con este calor, uno se arropa con ellas
para empezar a dejarse sentir la amable embriaguez.
Después de ti, quiero
ducharme y secarme bien, sentirme seco y sentir
las sábanas como preludio... a bailar contigo,
slowly tonight, slowly. Un día me gustaría
grabarnos y que de nuestros movimientos se compusiera
una música. Cuál podría ser
ésa en la cual, al unísono, yo te
beso tu cuellecito, a lo largo, hasta llegar al
lóbulo de tu oreja derecha, y tú
acaricias mis glúteos, subes y me oprimes
el tórax; qué música acompañaría
a tus dedos a lo largo de mi brazo para terminar
cosquilleando la palma de mi mano, con una, y
con la otra, alzando los brazos por encima de
la cabeza, hacer círculos, acompasados,
con la espalda, con las caderas.
Ritmo suave, como el agua que
se derramaba, como la bethoweniana claridad de
la luna, como la claridad que se cuela por la
ventana, como el cosquilleo de las cortinas. Todo
se mueve y a ese ritmo. Te agradezco que pusieras
interés en conocerme, en aprender mi ritmo,
en no dejarte llevar por el mástil que
quiere salir de puerto tan pronto. Bien sabes,
que en esos momentos, mi pensamiento y mi emoción
se deleitan y amenizan contigo en este paraíso
que descubrimos. Yo también tengo que enseñar
a mi cuerpo cuando se acelera y te da señales
equívocas de mi estado de ansiedad, despistándote.
En esos momentos, cuando me sostienes y amarras
mi sexo, yo me ponía a bailar. Rompía
el ritmo, y con las manos sobre mis caderas daba
saltos como un bailarín ruso, pero de pie;
o doblaba las rodillas como una bailarina y empezaba
a cantar sin sentido en no sé qué
idioma hasta que rompías a carcajadas,
hasta que nos tendíamos de nuevo en las
agradecidas sábanas blancas, bordadas.
Me seduce tu inteligencia. Dicen
que hay personas con tal sensibilidad que sus
emociones las sienten en forma de colores; yo,
cuando te siento así, tan cómplice,
te percibo en forma de fruta, te veo como una
fuente de frutas, coloridas, frugales, apetitosas,
como aquellas frutas que robábamos de las
bandejas de las suites, en el pasillo, de los
hoteles lujosos. Sabes lo mucho que me encanta
saborearte, y si es con fruta, mucho más.
Lo de las gambas a la sal, y en eso sí
coincidimos, nos lo tomamos como un ritual, como
una excusa para que, cada mañana, nos diera
un rato el sol, compráramos los periódicos
locales, los libros, videos, CDs y todo bicho
que se oferta en suplemento, fuéramos a
la pescadería y ....termináramos
comprando fruta. Rodeados de bolsas, y un ramo
resplandeciente de perejil asomando entre ellas,
es como si faltaran unas gambitas, tu vermouth
y mi montilla, para este cuadro, para este marco,
en una de las terrazas del embarcadero. Estas
gambas salobreñas eran para abrir boca,
nunca mejor dicho, al posterior banquete. Sí,
para abrir boca.
Ese ritual paseo, que se me antoja
ahora, de sobremesa, lo celebramos, sobre todas
las cosas, para lucirnos y para vernos guapos:
Me encanta verte con el pelo, que yo siempre te
lavo, descolgado, con melena, sobre tus hombros,
con rayita en medio, incipiente, moreno, tu boca
de ángel aunque a ti se te antoje belfa,
con tu vestido hasta esas rodillas que tanto te
gusta que te mordisquee, con esas piernas tan
pulcras que me confundes. Son tan frescas y tan
ardientes a la vez; sentada en esta terraza, tomando
tu vermouth y mirando los zapatos y vestidos de
otras mujeres que pasan, te imagino en aquellas
sábanas que desconocen lo que pueden esperar,
y siento lo que me das: frío y calor al
mismo tiempo. Llevas un vestido de oportunidad
para este ritual de oportunidad, pero me gusta
para la ocasión, verte diferente y desde
el ángulo que me permite este trípode.
Ya a la vuelta, mientras preparas
el baño, yo veo si están lo suficientemente
frescos los yogures que preparé anoche,
y voy limpiando las fresas, haciendo rodajas a
los melocotones, bautizando a las moscateles,
presentando al melón, casando a las cerezas
y pelando las peras de agua. Sí, porque
sé que te gusta mordisquear la pera, que
todo su jugo te escurra por el envés del
brazo, hasta gotear por el codo, que te encanta
escuchar de mi boca los frutales mordisqueos infantiles,
e iniciar tu oficio de licuadora.
A veces me pregunto si con tanto
estímulo exterior no estamos sobrecargando
los músculos sensitivos. Hoy, no. La verdad
es que con la película de hoy, antes del
desayuno, no; he perdido la cuenta de las veces
que hemos pasado la cinta de El cartero de Pablo
Neruda, y como siempre, la hemos visto hasta la
mitad, más o menos, hasta las metáforas,
hasta las olas, hasta la ribera. Justo después,
como últimamente, repones el video de nuestra
última excursión al mar. Te gusta
ver allí colgado, desde la cama, la mar
turquesa, el cielo azul áureo y sobre todo,
el sonido del vaivén de las olas...
Si te llegaran también
mis pensamientos, mis emociones, en forma de carta,
sé lo mucho que disfrutarías. Ya
llegarán también esos momentos,
cuando tenga que partir. Ahora, quiero que surja
de ti toda esa pasión que me hace ser el
esclavo más feliz a tus pies, que te siento
la más perra voraz, para comerte, y que,
otras, eres la única reina de este fructífero
paraíso, donde me haces sentir el único
náufrago que sobrevive en este mar embravecido
y de seda.
“Ya has terminado? No,
espera, que aún tienes espuma; enciende
un poco más la caliente, que se ponga el
agua tibia, que te voy a enjuagar”. Pásame
la toalla, tengo champú en los ojos. ¿Sabes
en qué estaba pensando mientras me lavabas
el pelo, Nacho? Que me gustaría conocerte
un poco más. Cuéntame una cosa si
quieres, que tengo curiosidad:
¿Soy una chica sensual
para ti?
Me sonrío y me sonrojo;
no se me da bien eso de hablar ni de lo que pienso
ni de mis sentimientos. Le paso la toalla y le
digo: Espera, no te seques, ya lo hago yo; me
encanta amasar tu cabellera, toda tu melena derretida...
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