miércoles, 08 de febrero de 2012 ESPECIAL V MUESTRA GASTRONÓMICA MIAJÓN 2010   

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"La cajita de cristal"
Manuel Muñoz

Hay ciertos días que uno le gustaría guardarlos; le gustaría verlos volver a pasar, regocijarse. Son de esos días que una conversación, un compartir una experiencia, un haber ayudado, un haber conseguido algo largamente trabajado desde hace tiempo, una música que tanto le gustaba y hacía tiempo que no se ponía, un postre, un deporte, una conversación, un momento de sinceridad deseosamente esperado, una foto y un video de alguien querido, un recuerdo, una llamada familiar, una llamada inesperada que te pregunta por ti, por lo que te preocupaba, un sentirse querido, tan querido.
Hay días que haces las mismas cosas y sin embargo te sientes tan metido, tan armoniosamente bien ubicado. Son de esos días de paz y de tranquilidad interior que sin dejar de disfrutarlo, no dejas de preguntarte dónde pasó la mariposa, de ir corriendo a la estación y de implorarle al guardia que te avise de la llegada del tren, del próximo tren, del mismo tren.
Hay días que aceptas todo y a todos, que dejas de luchar contra el mundo, con el mundo y simplemente aprendes aquello de la libertad, de la libertad interior, de lo que las cosas son como son, tal como se presentan, de intentar que no nos afecten, y de jugar con ese dato.
Parece que en días así, pesas menos y te cabe mucho más. Son esos días en que te percibes con mucho cariño hacia ti, hacia los que te rodean, hacia tu sentido. Empiezas a ver el sentido o la justa importancia de estar aquí, y de estar así: cariñosamente.
Son de esos días, raros, a decir verdad, que suspiras por ellos, y por tal razón, no quisieras nunca olvidar, grabar al milímetro todo lo que dijiste, hiciste, suplicaste, respiraste, comentaste, comiste, ejercitaste, viste, condujiste, oíste, y al mismo tiempo todo aquello que llena tu rutina diaria, y por la misma razón, tal día como hoy, tan pleno como te sientes, dejaste de decir, hacer, suplicar, respirar, comentar, comer, ejercitar, ver, conducir y oír.
Piensa que ya atravesó aquella puerta con la que soñaba, con la niña sobre suelo de baldosas blancas y negras, sentada, junto a una puerta que no se sabía lo que había. Hoy sí, hoy vi un jardín. Había alguien de espalda, con figura de persona, de hombre quizás, pero tenía dos alas. Estaba desnudo, envuelto por la cintura una gasa blanca, que podías hasta sentir su textura, su suavidad. Tocaba el violín. ¿Qué estaría tocando? ¿Quizás aquellas nanas que ponía a mi hijo? ¿Aquellas que me abrían el corazón; aquellas que recién duchado, estrenaba pijama y sábanas limpias? ¿aquellas en que, con cariño, reconocía a mi amada todas las brasas de amor que debíamos resoplar? Aquellas que nos unieron y por las que merecía la pena luchar, recordar, unirse.
También veía mariposas. Ellas me evocaban, por lo general, imágenes. Imágenes de ríos, de chopos, de niños, de más cariño. Hoy, por el contrario, me evocaba a música, a brisa, a aire fresco, a casa aireada o necesitada de viento fresco, de alegría, de brisa matinal, de aire fresco en la cara.

Hoy las mariposas estaban libres, sin estar sujetas a imágenes, sin recuerdos. Libres en su vuelo, libres para ser observadas las maravillosas gamas de color de sus alas, para gozar su presto y nervioso, singular, aletear. Ellas me llevaban al riachuelo para seguir escuchando, para sentir el ritmo, para escuchar el gorgoteo.
Parece que ellas me enseñaron el lugar de la ribera exacto. Exacto para plantar las flores de mi soñado jardín. De eso se trataba, no? Sí, pero para que el viento las pueda mecer; para que continúe el movimiento, para que un día pueda volver, para que recuerde la estampa. Para dejar miguitas de pan y sepa volver otro día. Para que mire con cariño uno de esos días, que como hoy, a uno le gustaría guardarlos.



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