Hay
ciertos días que uno le gustaría
guardarlos; le gustaría verlos volver a
pasar, regocijarse. Son de esos días que
una conversación, un compartir una experiencia,
un haber ayudado, un haber conseguido algo largamente
trabajado desde hace tiempo, una música
que tanto le gustaba y hacía tiempo que
no se ponía, un postre, un deporte, una
conversación, un momento de sinceridad
deseosamente esperado, una foto y un video de
alguien querido, un recuerdo, una llamada familiar,
una llamada inesperada que te pregunta por ti,
por lo que te preocupaba, un sentirse querido,
tan querido.
Hay días que haces las mismas cosas y sin
embargo te sientes tan metido, tan armoniosamente
bien ubicado. Son de esos días de paz y
de tranquilidad interior que sin dejar de disfrutarlo,
no dejas de preguntarte dónde pasó
la mariposa, de ir corriendo a la estación
y de implorarle al guardia que te avise de la
llegada del tren, del próximo tren, del
mismo tren.
Hay días que aceptas todo y a todos, que
dejas de luchar contra el mundo, con el mundo
y simplemente aprendes aquello de la libertad,
de la libertad interior, de lo que las cosas son
como son, tal como se presentan, de intentar que
no nos afecten, y de jugar con ese dato.
Parece que en días así, pesas menos
y te cabe mucho más. Son esos días
en que te percibes con mucho cariño hacia
ti, hacia los que te rodean, hacia tu sentido.
Empiezas a ver el sentido o la justa importancia
de estar aquí, y de estar así: cariñosamente.
Son de esos días, raros, a decir verdad,
que suspiras por ellos, y por tal razón,
no quisieras nunca olvidar, grabar al milímetro
todo lo que dijiste, hiciste, suplicaste, respiraste,
comentaste, comiste, ejercitaste, viste, condujiste,
oíste, y al mismo tiempo todo aquello que
llena tu rutina diaria, y por la misma razón,
tal día como hoy, tan pleno como te sientes,
dejaste de decir, hacer, suplicar, respirar, comentar,
comer, ejercitar, ver, conducir y oír.
Piensa que ya atravesó aquella puerta con
la que soñaba, con la niña sobre
suelo de baldosas blancas y negras, sentada, junto
a una puerta que no se sabía lo que había.
Hoy sí, hoy vi un jardín. Había
alguien de espalda, con figura de persona, de
hombre quizás, pero tenía dos alas.
Estaba desnudo, envuelto por la cintura una gasa
blanca, que podías hasta sentir su textura,
su suavidad. Tocaba el violín. ¿Qué
estaría tocando? ¿Quizás
aquellas nanas que ponía a mi hijo? ¿Aquellas
que me abrían el corazón; aquellas
que recién duchado, estrenaba pijama y
sábanas limpias? ¿aquellas en que,
con cariño, reconocía a mi amada
todas las brasas de amor que debíamos resoplar?
Aquellas que nos unieron y por las que merecía
la pena luchar, recordar, unirse.
También veía mariposas. Ellas me
evocaban, por lo general, imágenes. Imágenes
de ríos, de chopos, de niños, de
más cariño. Hoy, por el contrario,
me evocaba a música, a brisa, a aire fresco,
a casa aireada o necesitada de viento fresco,
de alegría, de brisa matinal, de aire fresco
en la cara.
Hoy las mariposas estaban libres,
sin estar sujetas a imágenes, sin recuerdos.
Libres en su vuelo, libres para ser observadas
las maravillosas gamas de color de sus alas, para
gozar su presto y nervioso, singular, aletear.
Ellas me llevaban al riachuelo para seguir escuchando,
para sentir el ritmo, para escuchar el gorgoteo.
Parece que ellas me enseñaron el lugar
de la ribera exacto. Exacto para plantar las flores
de mi soñado jardín. De eso se trataba,
no? Sí, pero para que el viento las pueda
mecer; para que continúe el movimiento,
para que un día pueda volver, para que
recuerde la estampa. Para dejar miguitas de pan
y sepa volver otro día. Para que mire con
cariño uno de esos días, que como
hoy, a uno le gustaría guardarlos.
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