Necesitaba
verte, había pasado ya tanto tiempo. Dónde
estabas? Te había buscado durante tanto
tiempo. Dónde te habías metido?
Te imploro que me digas dónde vas cada
vez que sales. Dime dónde andarás
aunque no vuelvas, aunque tardes en volver.
No me tengas así, en vilo, preocupado,
desahuciado, intranquilo. Sabes que, en tales
condiciones, no duermo, se me cambia el carácter,
no concilio el sueño, me pongo más
huraño, agresivo interiormente, colérico.
Dime dónde andas, aunque me imagine dónde
estás. Dime si estás por la ciudad
o fuera de ella, aunque me imagine dónde
estás.
Vuelve a mí, si quiera en este mes. Hace
frío. No me avergüenza llamarte, implorarte,
arrastrarme a ti como una perra. No te rías
de mi y no me humilles más; eres un malnacido,
como esos hombres que se aprovechan de esas mujeres
cuando se muestran tal como son, cuando se arrastran
a ellos. Te mereces todo el mal; pero te amo,
te quiero, y lo peor, te necesito.
Tómame como la última vez; besa
fuerte mis labios, cógeme, arrebátame
por la cintura, doblándome, reclinándome
con esa vehemencia, con esa fogosidad con que
te resuelves.
Enciéndeme como aquella vez; prófugo
de viejas heridas. Te amé hijodeputa, cómo
te amé. Te amé y fui la perra más
dichosa de la tierra. Quería hacerte mía
y no sabía cómo saciarte, no sabía
cómo me estabas volviendo loca. Me hacías
sentir tan fresca, tan viva.
De rodillas los dos envueltos en la cama, te miraba
y me acordaba de nuestros inicios. Te veía,
observaba tus facciones, tu pelo corto, negro,
rasurado por los laterales. Tus ojos achinados,
sabios, listos, intrépidos, vivaces. Tus
largas pestañas, tus cejas negras, de postín,
perfectamente clavadas. Tu honda mirada, tierna,
sagaz, melancólica, fiera en esta ocasión.
Seguías con esos labios lo justamente carnosos,
sabrosos que me conducías a mí a
la locura; y seguro, hijodeputa, a tantas otras
con las que flirteabas, también jugarías
con esos trucos tuyos, infalibles. A mí,
me encandilabas, me seducías con tu calculada
parsimonia, lentitud al besar, al principio, en
mis labios, antes de que se desencadenara la furia,
antes de que te encendieras, antes de que me transformaras.
Te miro y te recuerdo cuando me decías
que no era mérito tuyo, sino que, sorprendido
de mí, veías en mí el fuego
pendiente, la llama apagada y las brasas encendidas;
que hacía falta luz para ver la amplitud
oscura de mi corazón, en aquella época.
Te miro, en esta habitación, a media luz,
y siento vida.
|