Lo
leí en alguna parte y lo copié para
vivir lo aprendido:
LOS NIÑOS APRENDEN LO QUE
VIVEN
Si un niño vive con las
críticas, aprende a condenar.
Si un niño vive con la hostilidad, aprende
a pelear.
Si un niño vive con el ridículo,
aprende a ser tímido.
Si un niño vive con la vergüenza,
aprende a ser culpable.
Si un niño vive con la tolerancia, aprende
a ser paciente.
Si un niño vive con el aplauso, aprende
a confiar.
Si un niño vive con el elogio, aprende
a apreciar.
Si un niño vive con la seguridad, aprende
a tener fe.
Si un niño vive con la aprobación,
aprende a gustarse.
Si un niño vive con la aceptación
y la amistad,
aprende a encontrar amor en el mundo.
CASO PRÁCTICO:
Escucha, hijo, voy a decirte
esto mientras duermes, una manecita bajo la mejilla
y los rubios rizos pegados a tu frente húmeda.
He entrado solo en tu cuarto. Hace unos minutos,
mientras leía el diario en la biblioteca,
he sentido una ola de remordimiento que me ahogaba.
Culpable, he venido junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo:
me había enfadado contigo. Te regañé
cuanto te vestías para ir a la escuela,
porque apenas te habías pasado la toalla
mojada por la cara. Te reprendí porque
no te habías limpiado los zapatos. Te chillé
enfadado cuando tiraste tus cosas al suelo.
Durante el desayuno también
encontré motivos de crítica: derramabas
la leche, engullías la comida, ponías
los codos sobre la mesa, untabas demasiada mantequilla
en el pan. Y cuando te ibas a jugar y yo me encaminaba
a coger el tren, y agitando la mano me gritaste,
“Adiós papá”, yo fruncí
el entrecejo y te respondí: Yergue los
hombros.
Y por la tarde todo se repitió
de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas,
jugando a las canicas. Tenías agujeros
en los calcetines. Te humillé ante tus
amigos haciéndote ir a casa delante de
mí. Los calcetines eran caros, y si tuvieras
que comprarlos tú, tendrías más
cuidado. Pensar, hijo, que esto, lo diga un padre.
¿Recuerdas que más
tarde, cuando yo estaba leyendo en la biblioteca,
entraste tímidamente, con una expresión
dolida en los ojos? Cuando te miré por
encima del periódico, impaciente por la
interrupción, vacilaste en la puerta. Y
yo te pregunté con brusquedad: qué
quieres ahora? .
No dijiste nada, pero cruzaste
la habitación de un salto, y me echaste
los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos
me apretaron con un cariño que Dios había
hecho florecer en tu corazón y que ni siquiera
mi abandono podía marchitar. Y luego te
ibas, y se oían tus pasos ligeros escalera
arriba.
Bien, hijo: fue poco después
cuando el periódico me resbaló entre
las manos y un miedo terrible, angustioso, me
inundó. ¿qué estaba haciendo
de mi costumbre? La costumbre de encontrar defectos,
de reprender, esta era mi recompensa para ti por
ser niño. No era que yo no te quisiera;
era que esperaba demasiado de ti. Y te medía
con la vara de mi propia edad.
Y en tu naturaleza había
tanto que era bueno, hermoso y sincero. Ese pequeño
corazón tuyo es tan grande como el sol
que nace entre las colinas. Así lo demostraste
con tu espontáneo impulso de correr a besarme
esta noche. Nada más que eso importa esta
noche, hijo. He llegado hasta tu cama en la oscuridad,
y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una débil reparación;
sé que no comprenderías estas cosas
si te las dijeras cuando estás despierto.
Pero mañana seré papá de
verdad. Seré tu camarada, y sufriré
cuando sufras, y reiré cuando rías.
Me morderé la lengua cuando esté
por pronunciar palabras impacientes. Repetiré
una y otra vez, como si fuera un ritual: no es
más que un niño, un niño
pequeño.
Me temo que te he imaginado hombre.
Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado
en tu camita, veo que eres un niño pequeño
todavía. Ayer estabas en los brazos de
tu madre, con la cabeza en su hombro. Te he pedido
demasiado, demasiado.
POSOLOGÍA:
Adultos: una lectura después de cada mañana
y antes de los arrepentimientos Si se presenta
nuevamente molestias puede repetir la dosis
Niños: entre 2 a 6 años. Este medicamento
no quiere que afecte a la capacidad de alegría.
|