Hay días
en que uno se siente melancólico y pide
por favor que no le saquen de ahí. Son
como estas tardes oscuras, ya a las 5,30 de la
tarde, en el sur de la península. Como
esas tardes de brasero, de falda camilla y sofá,
acurrucado, y con la saya hasta el cuello; más
bien, como un babero grande que nos sale y nos
envuelve.
Son como esa melodía de Desayuno con diamantes,
que uno estaría toda la tarde tarareando,
silbando, cantando en monosílabos. Esos
días son como los días en que te
meces en la hamaca de tu juventud.
Esos días son los que necesitas ponerte
guapo para ti, sentirte tan orgulloso de lo que
te envía tu espejo, a ese galán
y apuesto muchacho. Esos días son los que
te pones ese perfume tan discreto pero tan personal,
tan penetrante pero acariciador.
Esos días en que pides a tu pareja que
te dé un achuchón y te coja por
la espalda; en que se lo necesitas recordar con
esa palmadita tan cómplice.
Son los días en que vas a un restaurante
caro, al hall de un hotel de 4 o más estrellas,
al vestíbulo de un parador, te sientas,
y pides un café con leche, y aquella tarta
de manzana, de frutas de bosque o de chocolate
borracho que sabes que tendrán, que sabes
que es del día, que sabes que te lo mereces.
Esos días son los que suspiras, los que
das gracias a Dios por estar tan solo, por saber
estar en paz solo, más bien. Son días
de paz, calma y orgullo melancólico. Son
como aquellos cumpleaños que tuviste que
llamar a tus mejores amigos y familia para recordarles
que era tu cumpleaños.
Son esos extraños días en que quieres
pensar tus últimos pensamientos, tus últimos
acontecimientos, tus último íntimos
logros para seguir así. Son esos días
en que das gracias por cómo eres, te asomas
a la ventana de noche, en una noche fría
de otoño, y te dices la suerte que tienes,
mezclándose con un tallo de miedo y de
asombro, al mismo tiempo.
Son los días en que necesitas amar a alguien,
acariciar una piel, besar un gato. Son esos días
en que no te quieres volver loco y que te comprenda
alguien, que necesitas la sonrisa cómplice,
el gesto amable, la mirada tierna, la palabra
tontorrona que tanto te gusta.
Son esos días en que la felicidad no tiene
precio, en el que la verdad es un vicio y en la
que matas por tu dignidad. Son esos días
en que descubres lo que no hay en las estrellas,
lo que no se enseña en las canciones, ni
lo que esconde tu enemigo.
Son esos días en que te quitas la benda
de la cara y te besas tu cicatrices: y te das
cuenta de que era solamente eso, una benda, que
no llegaba ni a categoría de careta. Son
esos días en que reconoces la fuerza, y
la fragilidad, del amor, de tu amor. |