Ese
fondo aterciopelado, con un cuadro de cacería,
hambriento, sediento, sangriento, con sus zorros,
con sus perros, con su venado herido, aullando,
abatido.
Debajo del cuadro, entra toda
la luz, y parece aún más clara por
esas sábanas blancas, por esa camisa puramente
blanca del amante. Él, sentado, reclinado,
abalanzado sobre su amante, que está completamente
desnuda, acostada diagonalmente sobre la cama.
Las sábanas están echadas para atrás,
un almohadón la apoya la cabeza.
Ella tiene el pelo ondulado, con una pequeña
melena, recogido para atrás. No se ha quitado
los pendientes, que luego le molestarán
cuando él le muerda desaforadamente, cuando
se retuerzan.
Va lo justo en maquillaje, unas pequeñas
sombras, aquí y allá. Cierra los
ojos, no quiere pero se deja querer. Suben los
brazos, los extienden cual chiquillo para quitarle
un jersey. Empieza a ondular como una barca, empieza
a recibir la brisa que luego se convertirá
en huracán. Se contornea.
Su amante lo sabe y lo explota. Sabe que quitarle
simplemente la ropa la excita muchísimo.
Sabe que sentirla desnuda a su lado, dejar hacerse
la enciende y la hace emitir unos pequeños
gemidos. Se retuerce un poco, abre su caderas,
las vuelve a cerrar.
El le pasa suavemente la mano por el cuello, la
baja intencionadamente por la axila izquierda
haciendo curvas, ligeras y contundentes al mismo
tiempo, con toda la mano extendida, abierta. Rasga
sus costado y maliciosamente deja descansar su
mano sobre su pubis. Centímetros arriba,
centímetros abajo. Lo justo para sentir
el cosquilleo alrededor de su recortada mata.
Ella levanta el cuello, como queriendo incorporarse,
pero vuelve para atrás, buscando una posición
cómoda para todo el vaivén que se
le produce en sus entrañas. Se ayuda con
la espalda. Quiere darse media vuelta, ponerse
de lado, de espaldas, o acurrucarse en el almohadón.
Las piernas las recoge un poco, se pliegan, quedando
los pies pegados, unidos, uno encima del otro;
sube la planta de un pie a media altura de la
otra pierna, por la pantorrilla y, de vuelta,
la baja por su tibia.
De repente, él la sorprende, la incorpora,
cambia el movimiento y la velocidad. Él
sigue con sus zapatos negros, sus pantalones oscuros
y su camisa impoluta, más abierta.
El cuadro, arriba, sigue en su
cacería. Salta un perro adiestrado, encarnizado,
directo a la yugular del ciervo, directo sus zarpas
a sus lomos.
Abajo, ella se incorpora, sentada
ya en el filo de la cama, se abandona sus brazos
a la espalda, al cuello de su amante, ahora, con
un pie en el suelo y con la otra pierna apoyado
con la rodilla sobre la cama. La besa la cara,
baja por un lateral del cuello y se pasa al otro
lado. La devora con ardor.
Ella siente en sus pechos el fresco tacto de la
camisa, y, a su través, el de su cuerpo
que transpira calor, frescor apasionado. Ella
se incorpora un poco más. Sube una nalga,
la izquierda, para pegarse más a él,
para enseñarle más su cuello, para
que le arañe y muerda. Ha de hacer un pequeño
esfuerzo y equilibrio, pero le compensa. Le deja
todo su sexo en vilo, levantado, sin estar pegado
a la sábana, mostrando su nalga más
elevada buscando el encuentro con la mano de su
amante, que ahora, con un brazo la sujeta y con
el otro la rasca por la espalda, deteniéndose
por un instante en el contorno de su pecho, pegado
a su axila.
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