miércoles, 08 de febrero de 2012 ESPECIAL V MUESTRA GASTRONÓMICA MIAJÓN 2010   

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"Una playa Victoria"
Manuel Muñoz

Qué sensación tan agradable aquí en el mar, aquí en la playa.

No sé si era como consecuencia del desayuno que nos acabábamos de pegar. Ese pisto suave, de tomate agradable, de berenjena frita de porción, pimientito nada picante, de tiritas amarillas finas, de cebollita con todo el picor quitado.
Y ese revuelto de huevos con habitas, era increíble, tan suave y al mismo tiempo con todo su sabor. Uno se preguntaba cómo podía inmortalizar todo esto. Este sabor, esa exquisitez y sin tanta pompa, tan normal, tan natural, tan sencillo, tan desapercibido.
Luego seguiré con la comida, porque en realidad es el conjunto. Es lo más personal del ser humano, y compartido, que es lo más genial. Lo más bonito. Y es que es el entorno, que te acompaña con estos días tan maravillosos que han salido, ese sol tan mediterráneo, tan azul, tan acogedor, tan ventanal de un paraíso terrenal. Ventana de bienestar, ventana de dulzura y de armonía, ventana de mundo nuevo.
Aquí estoy en el solarium del hotel viendo el mar, a la sombra de estos toldos, con mi amada al lado. Me siento como en un cine, mejor dicho, como en un road-movie, de frente al mar, escuchando las olas, olas que apenas cortan aquí en esta ciudad, olas de sinfonía de jazz, olas de estómago, olas de placenta, olas de placer, del que va y del que viene, del que te enseña que nunca lo querrías parar, olas de las que te dicen que vuelvas para seguir, para querer deleitarte.
Me gusta el sol de marzo, de abril en verdad, el sol mediterráneo de marzo en realidad no lo conocía nunca, nunca nos habíamos encontrado. El sol. No soy de este lugar pero lo único que siento es que cada año nos venimos a la playa antes, nos bañamos antes, nos refrescamos antes, nos tostamos antes. 22 de marzo para mí es una fecha muy pronta, pero que me llena de sorpresas, me inunda y me da fuerzas.
¡Qué hubiera sido de mí en el interior un fin de semana como éste¡. ¿Podría haber hecho todo lo que he sentido ayer? Ayer fue un día interminable, memorable, inapelable, sensacionable. No me imaginaba lo mucho que podía dar de sí. Desayunar en el Parador, las vistas, el césped, la piscina, el mirador, el mar azul, el cielo azul, las brisas, el tipo de desayuno, la exquisitez, realizar algunas compras, una pasta de dientes, un jersey burdeos para estrenar en la cena, otra vez en el Parador, a juego con la cazadora de cuero y la camisa de cuadros, tumbarnos un rato en la cama, con el sonido del mar de fondo o de primer plano que envuelve todo, dejar la ventana y la puerta del balcón abierta para que entre todo, hasta el sabor de mar depurado, filtrado (ya dejaste atrás el largo pasillo que te conducía a la habitación, ese largo pasillo como pueden ser los transatlánticos, esa moqueta roja lo suficientemente roja para conjugar con los blancos, lo suficientemente blanco de las puertas de cada habitación, al estilo mallorquín, y dejándote llevar por las luces que se encienden a tu paso, cual migas de pan señalando el camino de vuelta como relata el famoso cuento).
Sigues en la cama, haciendo la digestión, narcotizado por los buenos sabores, degustando mentalmente y queriendo repetir, uno a uno, esos sabores, con la intención de repetirlos, con la intención de degustarlo de nuevo.
Para mí, que no lo vivo todos los días, me levanta el ánimo, me anima a seguir viviendo y a tener ilusiones, a seguir viviendo y esperando repetir, a buscar desesperadamente un hueco en la agenda y encontrar dos, porqué no tres días, y volver a vivir la experiencia.
Porque es todo, es como si la piel la notaras distinta, como si creyeras que es una terapia digestiva, como si notaras que hace un guiño tu estómago a tu ser, se encontrara con su esencia y quisiera repetir, o no despertarse, o volver a vivir: cuántas fórmulas del placer.
Es tu piel que nota cómo se baña en piscinas sin cloro, como sientes que estás en una alberca limpia, de agua de pozo fresca, recién sacada. Notas cómo cuando te secas la cara con esa toalla, ese pañito o esa tela, tu piel te vuelve a hacer un guiño, te saluda y te ama más. Y esas sábanas, tanto cuestan esas sábanas, tan suaves, tan finas, que no te despegarías nunca de ellas, que te las bajarías al solarium, para seguir durmiendo, para notar la brisa y para seguir sintiendo esos cuerpos tostados al sol, rompiendo cabezas, brazos, nalgas, piernas, pelos sueltos, cuellos, espaldas, pechos, y volver a recomponerlos en figuras o en una figura ideal, tostada, morenita, jaquetona y vivaraz, donde regodear tu fantasía, y donde las caricias no terminaran jamás.
Esas caricias que necesitas porque en este sitio, en este ambiente, todo el mundo quiere participar de este jolgorio, de esta orgía, que despierta todos los sentidos, todas las emociones, y que te descubres a ti como mero portador de tesoros y sentidos que te dan la vida, que te llenan de gozo, de placer, de sensualidad, de incesante vaivén de sensaciones, de plenitud corpórea y juvenil, de alegría y regocijo espiritual.
Mientras escribo esto viene mi amada, que bien podría ser mi amante, goteándome en la espalda las salpicaduras de la piscina; ella viene tan bien contenta, alegre, con festividad del cuerpo, enseñándome lecciones de sensualidad finas. Me gustan sus caderas, y esas piernas cuando las estira flexionando desde la cama, con el balcón de fondo y con la puerta abierta, abierta a todo lo que contaba antes que traía esa puerta abierta. Tiene una piel que despertaría a cualquier enfermo terminal, tan fría y tan cálida al mismo tiempo; cuando toco su piel, me doy cuenta de los placeres que no se pueden mentar, de los placeres que no se pueden escribir, del regocijo que nadie te puede explicar, del placer que nadie te puede privar, del placer que es para sentirlo, del que te dices que no busques en otro sitio que lo tienes ahí, a tu lado y cada día. Es ese calor de las noches frías, es ese fresco de las tardes tórridas, bajas.
El placer del sueño es otro que te enseña acerca de la necesidad de reponerte, de no mal acostumbrar al cuerpo al ejercicio diario, a los madrugones diarios. Es saberse descansado para estar más receptivo, abierto a más encuentros de placeres, a tener los sentidos bien despiertos, bien abiertos, ni un ápice embotado para rescatar y descubrir los placeres de uno que lleva dentro y que los descubre fuera.
Noto que a ella también le gusta el buen vivir, que esto lo ve suyo o que lo quiere suyo, que programa para otro fin de semana y que lo goza. Descubrimos juntos el tipo de verano que nos gusta, el tipo de vacación que nos gusta: el confort de todo lo bien hecho, de que todo te lo den hecho, de lo recogido, de la conveniencia de no hacer ninguna tarea doméstica, del mutuo beneficio de estar bien cada uno, de la libertad de horarios y de movimientos.
Porque desayunar para acostarse después de ir de tiendas, bajar a la playa a las 4 para volver a dormirse para subir a la piscina a las 5.30, subirse para hacer el amor y descansar un poco, y prepararse para cenar, como sueco vulgar, a las 8.30, y reposar la cena con un ligero paseo en un parque, para llegar a la habitación y desnudarte para caer en la cama a las 11.30, eso, todo eso, esa anárquica victoria del silencio sensual solo lo puedes hacer con alguien que le guste el disparatado mundo sensual, caprichoso y sorprendente.
Queda hablar de la lectura, qué lectura elegir, cómo es el tambor de hojalata. Y de otras distracciones apropiadas al espíritu. ¿Dónde poner todo esto dentro de los compromisos y tu vida? ¿Cómo contar esto, y seguir con esto?.
Y sobre el tiempo, no el que necesitas para hacerlo, sino el que se rinde a ti porque quieres hacerlo. Me voy a incorporar, echaré un par de vistazos, me sentaré sobre el muro de piedra, descansaré mi espalda sobre la columna, con las piernas estiradas sobre el muro, flexionadas, en posición de foto preciosa, típica, pero sensual. Quiero calentarme un poco, sentir calor, e incluso algo de sudor, lo suficiente para bajar a darme un baño en ese pozo árabe que hablaba antes.
No sé qué es la vida: sacrificio, que es lo que nos enseñaron, o placer, que es lo que tienes delante de tus ojos, de tu vista, de tus posibilidades. Un fin: lo que no hayas vivido ahora, no lo vas a volver a vivir jamás después.
Llega un punto que trataba de evitar por completo, y fácilmente se da cuando faltan argumentos de vivencia, de placer. Ayudar a otra persona a superar o llegar donde ella quiera llegar, siempre que se deje.
Me gusta el calor este de ahora de marzo; me recuerda al de Canarias de noviembre, diciembre del año pasado. Que caliente pero que no moleste, que dé vida pero que no la queme; dejando vivir el sol y las tardes refrescantes como de invierno. Me gusta esta poca exageración, a estas alturas de año. Me gustan los paseos de playa aunque no me meta en ella. Me gusta que no sea tan extremado. Por eso ahora estamos pensando en el verano, un destino que no sea ni muy caluroso ni muy lleno de gente.
Yo creo que esto no hay que verlo como algo excepcional, sino como algo que pasa porque queremos, porque lo programamos, porque queremos vivir así, y tres días, de esta forma, sí nos lo podemos permitir. Si me siento mal o vacío es porque no lo valoro.



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