Qué
sensación tan agradable aquí en
el mar, aquí en la playa.
No sé si era como consecuencia
del desayuno que nos acabábamos de pegar.
Ese pisto suave, de tomate agradable, de berenjena
frita de porción, pimientito nada picante,
de tiritas amarillas finas, de cebollita con todo
el picor quitado.
Y ese revuelto de huevos con habitas, era increíble,
tan suave y al mismo tiempo con todo su sabor.
Uno se preguntaba cómo podía inmortalizar
todo esto. Este sabor, esa exquisitez y sin tanta
pompa, tan normal, tan natural, tan sencillo,
tan desapercibido.
Luego seguiré con la comida, porque en
realidad es el conjunto. Es lo más personal
del ser humano, y compartido, que es lo más
genial. Lo más bonito. Y es que es el entorno,
que te acompaña con estos días tan
maravillosos que han salido, ese sol tan mediterráneo,
tan azul, tan acogedor, tan ventanal de un paraíso
terrenal. Ventana de bienestar, ventana de dulzura
y de armonía, ventana de mundo nuevo.
Aquí estoy en el solarium del hotel viendo
el mar, a la sombra de estos toldos, con mi amada
al lado. Me siento como en un cine, mejor dicho,
como en un road-movie, de frente al mar, escuchando
las olas, olas que apenas cortan aquí en
esta ciudad, olas de sinfonía de jazz,
olas de estómago, olas de placenta, olas
de placer, del que va y del que viene, del que
te enseña que nunca lo querrías
parar, olas de las que te dicen que vuelvas para
seguir, para querer deleitarte.
Me gusta el sol de marzo, de abril en verdad,
el sol mediterráneo de marzo en realidad
no lo conocía nunca, nunca nos habíamos
encontrado. El sol. No soy de este lugar pero
lo único que siento es que cada año
nos venimos a la playa antes, nos bañamos
antes, nos refrescamos antes, nos tostamos antes.
22 de marzo para mí es una fecha muy pronta,
pero que me llena de sorpresas, me inunda y me
da fuerzas.
¡Qué hubiera sido de mí en
el interior un fin de semana como éste¡.
¿Podría haber hecho todo lo que
he sentido ayer? Ayer fue un día interminable,
memorable, inapelable, sensacionable. No me imaginaba
lo mucho que podía dar de sí. Desayunar
en el Parador, las vistas, el césped, la
piscina, el mirador, el mar azul, el cielo azul,
las brisas, el tipo de desayuno, la exquisitez,
realizar algunas compras, una pasta de dientes,
un jersey burdeos para estrenar en la cena, otra
vez en el Parador, a juego con la cazadora de
cuero y la camisa de cuadros, tumbarnos un rato
en la cama, con el sonido del mar de fondo o de
primer plano que envuelve todo, dejar la ventana
y la puerta del balcón abierta para que
entre todo, hasta el sabor de mar depurado, filtrado
(ya dejaste atrás el largo pasillo que
te conducía a la habitación, ese
largo pasillo como pueden ser los transatlánticos,
esa moqueta roja lo suficientemente roja para
conjugar con los blancos, lo suficientemente blanco
de las puertas de cada habitación, al estilo
mallorquín, y dejándote llevar por
las luces que se encienden a tu paso, cual migas
de pan señalando el camino de vuelta como
relata el famoso cuento).
Sigues en la cama, haciendo la digestión,
narcotizado por los buenos sabores, degustando
mentalmente y queriendo repetir, uno a uno, esos
sabores, con la intención de repetirlos,
con la intención de degustarlo de nuevo.
Para mí, que no lo vivo todos los días,
me levanta el ánimo, me anima a seguir
viviendo y a tener ilusiones, a seguir viviendo
y esperando repetir, a buscar desesperadamente
un hueco en la agenda y encontrar dos, porqué
no tres días, y volver a vivir la experiencia.
Porque es todo, es como si la piel la notaras
distinta, como si creyeras que es una terapia
digestiva, como si notaras que hace un guiño
tu estómago a tu ser, se encontrara con
su esencia y quisiera repetir, o no despertarse,
o volver a vivir: cuántas fórmulas
del placer.
Es tu piel que nota cómo se baña
en piscinas sin cloro, como sientes que estás
en una alberca limpia, de agua de pozo fresca,
recién sacada. Notas cómo cuando
te secas la cara con esa toalla, ese pañito
o esa tela, tu piel te vuelve a hacer un guiño,
te saluda y te ama más. Y esas sábanas,
tanto cuestan esas sábanas, tan suaves,
tan finas, que no te despegarías nunca
de ellas, que te las bajarías al solarium,
para seguir durmiendo, para notar la brisa y para
seguir sintiendo esos cuerpos tostados al sol,
rompiendo cabezas, brazos, nalgas, piernas, pelos
sueltos, cuellos, espaldas, pechos, y volver a
recomponerlos en figuras o en una figura ideal,
tostada, morenita, jaquetona y vivaraz, donde
regodear tu fantasía, y donde las caricias
no terminaran jamás.
Esas caricias que necesitas porque en este sitio,
en este ambiente, todo el mundo quiere participar
de este jolgorio, de esta orgía, que despierta
todos los sentidos, todas las emociones, y que
te descubres a ti como mero portador de tesoros
y sentidos que te dan la vida, que te llenan de
gozo, de placer, de sensualidad, de incesante
vaivén de sensaciones, de plenitud corpórea
y juvenil, de alegría y regocijo espiritual.
Mientras escribo esto viene mi amada, que bien
podría ser mi amante, goteándome
en la espalda las salpicaduras de la piscina;
ella viene tan bien contenta, alegre, con festividad
del cuerpo, enseñándome lecciones
de sensualidad finas. Me gustan sus caderas, y
esas piernas cuando las estira flexionando desde
la cama, con el balcón de fondo y con la
puerta abierta, abierta a todo lo que contaba
antes que traía esa puerta abierta. Tiene
una piel que despertaría a cualquier enfermo
terminal, tan fría y tan cálida
al mismo tiempo; cuando toco su piel, me doy cuenta
de los placeres que no se pueden mentar, de los
placeres que no se pueden escribir, del regocijo
que nadie te puede explicar, del placer que nadie
te puede privar, del placer que es para sentirlo,
del que te dices que no busques en otro sitio
que lo tienes ahí, a tu lado y cada día.
Es ese calor de las noches frías, es ese
fresco de las tardes tórridas, bajas.
El placer del sueño es otro que te enseña
acerca de la necesidad de reponerte, de no mal
acostumbrar al cuerpo al ejercicio diario, a los
madrugones diarios. Es saberse descansado para
estar más receptivo, abierto a más
encuentros de placeres, a tener los sentidos bien
despiertos, bien abiertos, ni un ápice
embotado para rescatar y descubrir los placeres
de uno que lleva dentro y que los descubre fuera.
Noto que a ella también le gusta el buen
vivir, que esto lo ve suyo o que lo quiere suyo,
que programa para otro fin de semana y que lo
goza. Descubrimos juntos el tipo de verano que
nos gusta, el tipo de vacación que nos
gusta: el confort de todo lo bien hecho, de que
todo te lo den hecho, de lo recogido, de la conveniencia
de no hacer ninguna tarea doméstica, del
mutuo beneficio de estar bien cada uno, de la
libertad de horarios y de movimientos.
Porque desayunar para acostarse después
de ir de tiendas, bajar a la playa a las 4 para
volver a dormirse para subir a la piscina a las
5.30, subirse para hacer el amor y descansar un
poco, y prepararse para cenar, como sueco vulgar,
a las 8.30, y reposar la cena con un ligero paseo
en un parque, para llegar a la habitación
y desnudarte para caer en la cama a las 11.30,
eso, todo eso, esa anárquica victoria del
silencio sensual solo lo puedes hacer con alguien
que le guste el disparatado mundo sensual, caprichoso
y sorprendente.
Queda hablar de la lectura, qué lectura
elegir, cómo es el tambor de hojalata.
Y de otras distracciones apropiadas al espíritu.
¿Dónde poner todo esto dentro de
los compromisos y tu vida? ¿Cómo
contar esto, y seguir con esto?.
Y sobre el tiempo, no el que necesitas para hacerlo,
sino el que se rinde a ti porque quieres hacerlo.
Me voy a incorporar, echaré un par de vistazos,
me sentaré sobre el muro de piedra, descansaré
mi espalda sobre la columna, con las piernas estiradas
sobre el muro, flexionadas, en posición
de foto preciosa, típica, pero sensual.
Quiero calentarme un poco, sentir calor, e incluso
algo de sudor, lo suficiente para bajar a darme
un baño en ese pozo árabe que hablaba
antes.
No sé qué es la vida: sacrificio,
que es lo que nos enseñaron, o placer,
que es lo que tienes delante de tus ojos, de tu
vista, de tus posibilidades. Un fin: lo que no
hayas vivido ahora, no lo vas a volver a vivir
jamás después.
Llega un punto que trataba de evitar por completo,
y fácilmente se da cuando faltan argumentos
de vivencia, de placer. Ayudar a otra persona
a superar o llegar donde ella quiera llegar, siempre
que se deje.
Me gusta el calor este de ahora de marzo; me recuerda
al de Canarias de noviembre, diciembre del año
pasado. Que caliente pero que no moleste, que
dé vida pero que no la queme; dejando vivir
el sol y las tardes refrescantes como de invierno.
Me gusta esta poca exageración, a estas
alturas de año. Me gustan los paseos de
playa aunque no me meta en ella. Me gusta que
no sea tan extremado. Por eso ahora estamos pensando
en el verano, un destino que no sea ni muy caluroso
ni muy lleno de gente.
Yo creo que esto no hay que verlo como algo excepcional,
sino como algo que pasa porque queremos, porque
lo programamos, porque queremos vivir así,
y tres días, de esta forma, sí nos
lo podemos permitir. Si me siento mal o vacío
es porque no lo valoro.
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