
Me gusta el florero de la habitación. Azul
de base, blancas flores en todo lo alto. Contemplaría
esas flores paragüeras, imaginando que caen
gotas de rocío, o que se van deslizando
por su tersa curva y yo, con mi dedo índice,
las toco, las exploto y me las llevo a la boca.
Pero estas flores son blancas. Polarizan el centro
del cuadro, permanecen ahí como esfera
del reloj, donde lo más interesante se
vuelca a su alrededor y, al igual que en el reloj,
lo más llamativo está cuando vas
deslizando tu mirada al compás de la manecilla
incesante.
A las y diez, vemos, a través del balcón
de la casa, una hermosa playa con su paseo marítimo.
Una simple palmera como bastión de casas
blancas con tejados ocres. Y al fondo, montaña,
árboles. A esta hora es como si se dieran
los tres estados del líquido elemento a
la vez: pueblo, playa, montaña. Qué
rico, ¿verdad?, disponer de un encuadre
semejante, donde el antojo tenga cabida para dispersarse:
sólido, líquido y gaseoso.
Si volvemos la mirada, desde dentro de la habitación,
hacia las menos diez, ay, nos topamos de pleno
con el mar. Un mar aún más bonito
por el contraste precioso, lleno de vida que nos
provoca Dufy: entremezcla una barandilla verde
con un armario rojo que se vislumbra a través
de los cristales de la puerta violácea
del balcón.
Así uno no sabe dónde mirar. ¿Es
bella y estimulante, más que relajante,
esta vista porque miro al mar y de reojo al armario,
o es sugestiva y frugal porque me pierdo en el
convulsivo armario y necesito huir la mirada al
mar?
Y mientras me demoro y me resuelvo en contestar,
voy de menos a más, de menos diez a y diez
en este caprichoso y antojadizo reloj de tela;
me voy del mar porque necesito ver la playa otra
vez: la arena, los troncos, el palmeral, las ventanas
al fondo, las nubes que se confunden con el contorno
de la montaña.
De nuevo, vuelvo la mirada al mar. Vuelvo la mirada
a la playa.
Me siento; me quedo en el interior. Observo que
hay hojas verdes, como de lechuga, en la base
del florero.
Noto, para mi sorpresa, una silla en el espejo
frontal del armario. Un poco más, y salgo
yo, mi reflejo, en el lienzo. De nuevo, vuelvo
la mirada al mar. Vuelvo la mirada a la playa.
Es curioso porque, este cuadro, es una aparente
explosión de fuerza y de vitalidad, debido
a los colores que usa; pero, al mismo tiempo,
a medida que lo voy mirando más, siguiendo
o no la manecilla incesante de este reloj, voy
sintiendo calma y tranquilidad.
Cuando la zozobra vital explota en mi corazón
salgo al balcón. Por fin, allí encuentro
quietud, sosiego.
Al cansarme de la levedad ensimismada, al derrochar
el oxígeno envuelto de toda aquella vivacidad,
entro en la habitación, y me siento, sí,
esta vez en una silla, sin ser visto en el espejo.
Sigo con la curiosidad y descubro que los objetos
inanimados del cuadro (el nombrado armario de
la menos diez, el espejo frontal, el butacón
de la izquierda) me causan revuelo en mis retinas,
mientras que los elementos en movimiento (al agua
del mar, las hojas de las palmeras, las nubes
de la montaña, el imaginario deambular
de personas con su diferente tráfico) me
retoman y me apaciguan.
Releo el título del cuadro que le puso
Dufy: Interieur à la fênetre ouverte.
Ah, sí, voy notando algo: Siento lo que
no comprendo.
O como se diría en inglés: inside
out.