sábado, 31 de julio de 2010 ESPECIAL FERIA DE SAN JUAN   

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El gran dictador

Lo siento, pero yo no quiero ser emperador: ese no es mi oficio.
No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible: judíos y gentiles, blancos o negros.
Tenemos que ayudarnos unos a otros, los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie.
En este mundo hay sitio para todos. La buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido.
La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo que crea la abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas, necesitamos humanidad: más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta, se perderá todo.
Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.
Ahora mismo mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes.
A los que puedan oírme, les digo, no desesperéis, la desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras que el hombre exista, la libertad no perecerá.
Soldados, no os rindáis a esos hombres, que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas, y os dicen lo que tenéis que hacer, qué pensar y qué sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como a carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquinas, con cerebros y corazones de máquinas. Vosotros no sois máquinas, no sois ganado. Sois hombres.
Lleváis el amor de la humanidad en vuestros corazones, no el odio. Solo los que no aman odian, los que no aman y los inhumanos.
Soldados, no luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. En el capítulo 17 de San Lucas se lee: “El Reino de Dios está dentro del hombre”, no de un hombre ni de un grupo de hombres, sino de todos los hombres, en vosotros. Solo vosotros tenéis el poder, el poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer de esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura.
En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos, luchemos por un mundo nuevo, digno y noble, que garantice a los hombres trabajo, y dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad.
Con la promesa de esas cosas, las fieras alcanzaron el poder, pero mintieron, no han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán.
Los dictadores son libres, solo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora nosotros para hacer ahora realidad lo prometido, todos a luchar para libertar al mundo, para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.
Luchemos por el mundo de la razón, un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.
Soldados, en nombre de la democracia, debemos unirnos todos.

(Mensaje y música para su amada)

Me parece dramática la expresión, la mirada llena de horror y de espanto. Estamos en 1940 y ya conocía todo lo que estaba pasando en los campos de concentración, en los tejemanejes del Régimen, en los usos y disfrutes, en las conveniencias y desavenencias con los judíos.
Se sabía todo y nadie lo decía dentro.
Un discurso dramático de este barbero frente al drama del discurso inicial del dictador.
Se tira el tiempo necesario, el necesario para que nos demos cuenta del teatro que se echa, de la puesta en escena requerida, para que nos demos cuenta de que cualquiera puede echar semejante discurso inicial lleno de voces, gestos, exclamaciones, montajes.
Y el discurso final no lo sabes cómo tomar al principio. No sabes si va a estar de cachondeo o mofándose del auténtico dictador.
No sabes si te está echando una bronca o te está arengando. No sabes si está criticando o está liberando.
No sabes en qué actitud estar. No sabes si es otro discurso que oyes, que te conmueve la gente que está alrededor, los gestos, la puesta en escena o si verdaderamente te llega al corazón.
Empiezas a dudar en cuanto comienza una campanilla por dentro a recoger el eco y a empezar a sonar, a sentirte apelado e identificado, pero sobre todo, cuando reconoces en esa voz la voz amiga que tanto has deseado y esperado a que apareciera para que te contara las verdades como puños, para que te reconociera humanamente como eres, te consolara, te ayudara, pero te quitara, al mismo tiempo, la venda de los ojos.
Es entonces cuando ves a una persona de verdad, a un auténtico discurso, el discurso que nace apelándote a tu liberación, a la necesidad de que seas libre.
La misma puesta en escena inicial del dictador pero con contenido liberador.
Es más hondo el mensaje del barbero, no ya solo por el contenido, sino porque a lo largo de la película nos damos cuenta de la simpleza y autenticidad del barbero judío: amable, servicial, digno, atento, bondadoso, ingenuo, miedoso. Toda la ternura y el cariño que desprende la percibo en la escena, que por despiste, casi afeita a la que será su prometida.
Me pregunto el motivo por el cual se elige al barbero la característica de perder la memoria: ¿Para darle más autenticidad visto desde fuera, fuera de este mundo?, ¿Para verle con mayor fuerza, con menos prejuicios frente al sistema de opresión y dictadura que se encontrará tras salirse del sanatorio?
Está él tan fuera de sí, que no sabe si ir un poco más al trote cuando, sin saberlo él, iba disfrazado del propio Hynkel tras huir del campo de concentración.
¿O lo hace amnésico para que se vieran reflejados todos los que callaban en aquel país, que no querían hacer, decir nada, autoengañándose, negando la realidad? Amnésicos todos, igual que nuestro barbero, pero con la diferencia de que ellos no tenían el gran corazón y fuerza para luchar por su dignidad de nuestro protagonista.
Ya en el año 40, se refleja en la película el carácter pueril, indefenso, caprichoso, vanidoso, inseguro del dictador, que necesita o que se rodea de las auténticas fieras sedientas de poder, de afán de protagonismo. Figuras pensantes y ejecutantes reales de los movimientos pormenorizados de la codiciosa ambición; actores secundarios pero decisivos motores de los amagos, de los entrantes, de la geografía y rumbo a tomar en el acontecer general de la vida diaria y destino de aquel pueblo.

Pero faltaba el mensaje final para su amada…

Manuel Muñoz

Ficha Técnica:

Dirección, producción y guión: Charles Chaplin.
País: USA.
Año: 1940.
Duración: 124 min.
Música: Charles Chaplin y Meredith Willson.
Fotografía: Karl Struss y Roland Totheroh.
Montaje: Willard Nico.
Dirección artística: J. Russell Spencer.
Reestreno en España: 22 Noviembre 2002

Ficha Artística:

Charles Chaplin (Adenoid Hynkel), Jack Oakie (Napaloni), Reginald Gardiner (Schultz), Henry Daniell (Garbitsch), Billy Gilbert (Marshal Herring), Grace Hayle (Sra. Napaloni), Carter De Haven (Embajador de Bacteria), Paulette Goddard (Hannah), Maurice Moscovitch (Sr. Jaeckel), Emma Dunn (Sra. Jaeckel)

Sinopsis:
Durante la Primera Guerra Mundial, un anónimo combatiente de la armada de Tomania salva la vida de un oficial llamado Schultz. Pero el avión en el que huyen se estrella y, mientras Schultz resulta indemne, el soldado ingresa en un hospital por amnesia. Allí permanecerá veinte años de su vida, ignorando por completo los cambios que se producen a su alrededor. Hynkel se convertirá en el dictador de Tomania y perseguirá despiadadamente a los judíos con la ayuda de sus dos ministros, Garbitsch y Herring. A la salida del hospital, el soldado regresa a su antigua barbería en el Ghetto, esperando encontrar todo lo que dejó veinte años atrás. Allí, conocerá a Hannah, una joven de la que se enamorará. Mientras, Schultz se ha convertido en un influyente oficial del régimen y ordena a sus tropas dejar al barbero en paz. Hynkel planifica la invasión de Osterlich, país fronterizo, y cuando Schultz pone en tela de juicio esta decisión, el dictador lo condena a ingresar en un campo de concentración. Inmediatamente, Schultz planea su fuga intentando provocar una rebelión contra el gobierno. Entonces, se refugia en el Ghetto, en casa de su amigo el barbero, pero las tropas de Hynkel queman la tienda, arrestan a los dos hombres y los internan en un campo. Prosiguiendo su plan para invadir Osterlich, Hynkel invita a palacio a Napaloni, el dictador de Bacteria y, después de varios desacuerdos cómicos, los dos hombres logran establecer una alianza. La invasión de Osterlich es un éxito y Hannah, quién se ha refugiado en este país con sus amigos, vuelve a encontrarse otra vez más, bajo la dominación del régimen de Hynkel. Mientras el dictador celebra su última conquista disfrutando de unas vacaciones en el país, Schultz y su amigo el barbero consiguen huir del campo de concentración. Por error, Hynkel será detenido por sus propias tropas y el barbero, confundido por el dictador…


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