sábado, 31 de julio de 2010 ESPECIAL FERIA DE SAN JUAN   

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Ser o no ser

Mis primeras películas se remontan a los sábados por la tarde. Hablo de películas y no de series de dibujos animados, que ya lo haré de las tetas de Afrodita, las hostias que repartía el Mazinger y de las que recibía, de la crueldad sobre Marco y lo quijotesco del Quijote.
Hoy quería hablar de películas de faldas camillas. Esas que te daba rabia perdértelas, sin vídeo por medio, y acompañar a tu madre a probarte el jersey de turno. La mula Francis, las de los Hermanos Marx y las de vaqueros eran insustituibles. Por mucho que luego tu padre tratara imperdonablemente de ponerte al día, una vez que uno ya estaba de vuelta. Aunque aprovecharas los anuncios de la T.V., probarse un jersey en Galerías siempre traía cola, y a la postre, perderte minutos de la películas en cuestión.
Cuento esto porque el inicio de la que quiero comentar de Lubitsch me recuerda la de los Hermanos Marx. Esos diálogos absurdos en medio de escenas serias: dejar en ridículo todo lo exterior primando el capricho de cada actor, por muy secundario que fuera. Vanidad sobre vanidades, qué importa eso de los campos de concentración, si con este vestido, en medio de la oscuridad, saldré radiante y me verán todos los espectadores.
Ha estallado la guerra, la guerra de verdad. Un punto de lucidez, sacamos la cabeza a la superficie en este mar revuelto. Historia tremenda de traición de un compatriota que desenreda heroicos episodios para contrarrestar las argucias ¿? De ese profesor vendido a la GESTAPO. Se hace larga la presentación, sobre todo, intuyendo que no se trata de una narración histórica. De aquí se distancia de los Marx.
Uno se pregunta dónde está ese grupo de teatro loco, disparatado, anarca y con tantas ideas tan geniales para despuntar cualquier obra, que esperan que algún día le llegue su oportunidad a cada uno, que no tengan que llevar una lanza después de cada acto, y mucho menos, llevar la bolsa de la basura al final del último.
Empieza el espectáculo. El profesor invita a la Sra. Tula a cenar, a ser espía, habiéndole comunicado previamente el mensaje del piloto: Ser o no ser. Sin embargo, el piloto ya duerme, herido, en su dormitorio. El marido entra y le ve: es la mayor humillación. Cómo puede un hombre que se levanta y se va del teatro cuando él empieza a declamar a Shakespeare, dormir en su propia cama. El disparate vuelve, las historias personales trenzadas dan paso a una guerra relámpago o a un asedio lento.
Prepárense y vean porque hay papel para todos, hasta se puede improvisar en los papeles de cada uno. Condición sine quanon es la ironía, el humor, la sorna. El teatro convertido en cuartel general de la GESTAPO. Ay, te vuelvo a decir un Hai Hitler, si me besas como antes.
Para el minuto de Gloria, todos desean lo mismo por la causa: superarse a sí mismo. El cuñado-general, el coronel nazi y su ayudante, y la escena memorable de la prueba de fuego para descubrir si la persona muerta aparecida era el profesor realmente o un doble. ¿Quién tira de la barbilla del muerto para comprobar si es postiza o no? Un juego donde el actor ralla el límite y encima, superándose a sí mismo, se atreve e invita, después, a que tiren de la suya y lo comprueben. Pero la locura real está por llegar (eso que los entendidos llaman el toque Lubitsch): la cofradía de actores hace su aparición en escena, y cuando el coronel nazi sigue aún con sus disculpas por la incómoda situación a que ha expuesto al (falso) profesor, llega la trouppe y lo desenmascara. Más irrisorio imposible.
Mientras tanto, como último botón de muestra de todos los mensajes y muecas contra los nazis, esos chicos que no beben ni fuman, tan obedientes, tan clones, está la escena del avión cuando huyen a Inglaterra. Se les ordena a los pilotos, por orden de Hitler, saltar del avión, y allá van ellos.
Guiño final para esta comedia: un deseo hecho realidad, interpretar a Hamlet. Tensión, el militar de aviación en tercera fila. ¿Se levantará? Qué nervios, empieza... Ser o no ser...y se levanta, ahora desde la cuarta fila, un militar de marina.
Es que me encanta toda esa parodia que quita importancia a los falsos mitos sociales, que destruye el miedo con el humor y se ríe de uno mismo hasta la saciedad.

Manuel Muñoz


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