Mis primeras
películas se remontan a los sábados
por la tarde. Hablo de películas
y no de series de dibujos animados, que
ya lo haré de las tetas de Afrodita,
las hostias que repartía el Mazinger
y de las que recibía, de la crueldad
sobre Marco y lo quijotesco del Quijote.
Hoy quería hablar de películas
de faldas camillas. Esas que te daba rabia
perdértelas, sin vídeo por
medio, y acompañar a tu madre a
probarte el jersey de turno. La mula Francis,
las de los Hermanos Marx y las de vaqueros
eran insustituibles. Por mucho que luego
tu padre tratara imperdonablemente de
ponerte al día, una vez que uno
ya estaba de vuelta. Aunque aprovecharas
los anuncios de la T.V., probarse un jersey
en Galerías siempre traía
cola, y a la postre, perderte minutos
de la películas en cuestión.
Cuento esto porque el inicio de la que
quiero comentar de Lubitsch me recuerda
la de los Hermanos Marx. Esos diálogos
absurdos en medio de escenas serias: dejar
en ridículo todo lo exterior primando
el capricho de cada actor, por muy secundario
que fuera. Vanidad sobre vanidades, qué
importa eso de los campos de concentración,
si con este vestido, en medio de la oscuridad,
saldré radiante y me verán
todos los espectadores.
Ha estallado la guerra, la guerra de verdad.
Un punto de lucidez, sacamos la cabeza
a la superficie en este mar revuelto.
Historia tremenda de traición de
un compatriota que desenreda heroicos
episodios para contrarrestar las argucias
¿? De ese profesor vendido a la
GESTAPO. Se hace larga la presentación,
sobre todo, intuyendo que no se trata
de una narración histórica.
De aquí se distancia de los Marx.
Uno se pregunta dónde está
ese grupo de teatro loco, disparatado,
anarca y con tantas ideas tan geniales
para despuntar cualquier obra, que esperan
que algún día le llegue
su oportunidad a cada uno, que no tengan
que llevar una lanza después de
cada acto, y mucho menos, llevar la bolsa
de la basura al final del último.
Empieza el espectáculo. El profesor
invita a la Sra. Tula a cenar, a ser espía,
habiéndole comunicado previamente
el mensaje del piloto: Ser o no ser. Sin
embargo, el piloto ya duerme, herido,
en su dormitorio. El marido entra y le
ve: es la mayor humillación. Cómo
puede un hombre que se levanta y se va
del teatro cuando él empieza a
declamar a Shakespeare, dormir en su propia
cama. El disparate vuelve, las historias
personales trenzadas dan paso a una guerra
relámpago o a un asedio lento.
Prepárense y vean porque hay papel
para todos, hasta se puede improvisar
en los papeles de cada uno. Condición
sine quanon es la ironía, el humor,
la sorna. El teatro convertido en cuartel
general de la GESTAPO. Ay, te vuelvo a
decir un Hai Hitler, si me besas como
antes.
Para el minuto de Gloria, todos desean
lo mismo por la causa: superarse a sí
mismo. El cuñado-general, el coronel
nazi y su ayudante, y la escena memorable
de la prueba de fuego para descubrir si
la persona muerta aparecida era el profesor
realmente o un doble. ¿Quién
tira de la barbilla del muerto para comprobar
si es postiza o no? Un juego donde el
actor ralla el límite y encima,
superándose a sí mismo,
se atreve e invita, después, a
que tiren de la suya y lo comprueben.
Pero la locura real está por llegar
(eso que los entendidos llaman el toque
Lubitsch): la cofradía de actores
hace su aparición en escena, y
cuando el coronel nazi sigue aún
con sus disculpas por la incómoda
situación a que ha expuesto al
(falso) profesor, llega la trouppe y lo
desenmascara. Más irrisorio imposible.
Mientras tanto, como último botón
de muestra de todos los mensajes y muecas
contra los nazis, esos chicos que no beben
ni fuman, tan obedientes, tan clones,
está la escena del avión
cuando huyen a Inglaterra. Se les ordena
a los pilotos, por orden de Hitler, saltar
del avión, y allá van ellos.
Guiño final para esta comedia:
un deseo hecho realidad, interpretar a
Hamlet. Tensión, el militar de
aviación en tercera fila. ¿Se
levantará? Qué nervios,
empieza... Ser o no ser...y se levanta,
ahora desde la cuarta fila, un militar
de marina.
Es que me encanta toda esa parodia que
quita importancia a los falsos mitos sociales,
que destruye el miedo con el humor y se
ríe de uno mismo hasta la saciedad.
Manuel
Muñoz